#Sueño El Halo de Trump y el búho vigilante

Después de la revisión de rutina, el gastroenterólogo me confirmó que el aro extraño que apareció alrededor del sol era el temido “Halo de Trump”, un círculo de figuras de tetris de colores amarillo, anaranjado, verde, azul, rosa con destellos azules.
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Representación del Halo de Trump
Luego de que el gastroenterólogo me dio un aventón a casa de mi madre en Saltillo, mi hermano Roberto ya me esperaba para llevarlo a la terminal de autobuses. A primera hora de la madugada debía tomar el transporte que lo llevaría al Aeropuerto Mariano Escobedo de Apodaca, Nuevo León, a fin de volar a Puebla de Zaragoza a un congreso de química industrial.
–Hermana, qué hacemos ante la presencia del Halo de Trump, ¿crees que tendrá repercusiones graves?
–Tranquilo, voy a revisar qué dicen en Twitter sobre ese extraño rompecabezas circular de colores alrededor del sol.
La gente estaba muy asustada. Había mucho ruido en la red. Para tratar de calmar a mi hermano, lo único que acerté a decir fue que había fenómenos astronómicos que sólo los Antiguos Mayas conocían y podían dar respuesta. En ese momento compartíamos nuestro hogar con un hombre apodado “el escéptico” que sin pedirle explicación dijo que el “Halo de Trump” era una señal que aparecía en el Año Nuevo Judío que avizoraba la llegada de su mesías. No le hicimos caso.
Días antes, Roberto y yo habíamos visitado El Museo de la Máscara, donde un místico y artesano nos dijo que se aproximaban tiempos revueltos en el que sólo la gente que tuviera protección en el rostro podría salir a la calle y mirar al cielo. Luego de la aparición del Halo de Trump, lamentábamos no habernos comprado una máscara. Mientras recordábamos el encuentro con el místico y artesano yo me veía fíjamente desnuda en un enorme espejo de cuerpo entero. De repente escuchábamos un ruido en el patio, como si alguien hubiera saltado y caído. Nuestro búho, el vigilante de la casa, al que llamabamo Don Lechu, nos gritaba desde un palo muy alto: “Por favor, toquen la puerta del patio muy fuerte sí y solo si esperaban a alguien por aquí”. Al no recibir respuesta, Don Lechu nos gritó: “Huyan, es un nuevo okupa”.
Y ahí me desperté en Berlín, realmente agitada, alrededor de las 6:49 de la mañana cuando un sismo de magnitud 8.2 grados Richter estremecía a la Ciudad de México. El epicentro ocurrió en las costas de Chiapas. Dañó principalmente Juchitán, Oaxaca. #FuerzaMéxico estoy conectada contigo.
 
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Dolor fantasma

“Por un tiempo vivirás con parte de tu colon descendente expuesto. Estos conductos y la bolsa recolectarán los desechos. No te avergüences, todo saldrá sin que te des cuenta. La bolsa es inodora. No debe oler a nada y no debe dolerte nada, por ahora, porque aún tienes los efectos de la anestesia. Después solo un dolor fantasma que resolveremos con antidepresivos. Mantenla limpia, por favor”, explicó aquella la bata blanca y cubrebocas que flotaba en la calle. “Mamá, ábreme rápido”, le grito pero nadie atiende. Los perros me ladran nerviosos. Ya no me reconocen. Han pasado más de 10 años y ahora vuelvo del viaje maltrecha. “Tú mamá no está, anda con la otra maestra en el chisme. No tenía razón de ti. No sabía que ibas a venir”, gritó la vecina de enfrente que más que vecina era la encargada de la vigilancia de la calle. Cuando viví en esta casa, la vecina siempre estuvo atenta cuando no se le necesitaba, y cuando se robaron todo no supo nada. “Algo te cuelga, hija, una bolsa café”, al escuchar huí del lugar, tuve horror de que viera mis entrañas. Me tiré al llanto a comer tierra y gusanos.

Elogio, una estampa erótica para dormir

Al que ingrato me deja, busco amante; al que amante me sigue, dejo ingrata […]

(Sor Juana Inés de la Cruz)

 Eurídice y la Victoria están desnudas en la habitación, las encuentro lúbricas tumbadas sobre la cama. Las manos de Eurídice recorren el mapa de la corona de la Victoria. Encuentra su frente, una nariz operada y en la barbilla: una cicatriz, ligera protuberancia que la hará reconocerla con el tacto si algún día queda ciega. Eurídice teje con sus manos el cabello largo y oscuro de la Victoria. Le soba la cabeza como una masajista experimentada. Las orejas, quebradizas. Eurídice se atreve a murmurarles algo sobre poseer su laberinto. El cuello, un juguete nuevo para morder.

La boca de la Victoria le abre camino a su lengua que sale a marcar la palma de la mano derecha de Eurídice, quien se inquieta con eso y se desvía a rozarle la espalda mientras le besa la boca. La Victoria disfruta. Escurre. Eurídice se deja guiar y se desdobla hacia los senos; baja a conocerlos, se queda a saborear los pezones; alcanza un ombligo todavía adolorido por una laparoscopía. Explora las nalgas y las piernas, encuentra ahí unos músculos fraguados. Serpentea en la rodilla, frota su sexo en ella. Ríe.

Los gemidos de ambas componen el arranque de una pieza minimalista. El ritmo de sus respiraciones va in crescendo. La agógica y la dinámica de esa música sensual funciona como obertura al canto de la muerte pequeña de la Victoria, quien con sus dedos palpa que el trabajo de iniciación esté hecho para dominar la escena. Se monta sobre el abdomen de Eurídice. Su sexo se frota insistente sobre los huesos marcados de la cadera de esa flaca que alguna vez vio bailar sin ritmo. Los ojos se van a blanco. El cuerpo de Eurídice se convierte en una rama caliente: el foco de ese incendio. El sudor y la saliva lo avivan todo. No hay manera de detener la ráfaga impulsiva de calor que las consume. Y la Victoria muestra síntomas de que está llegando al clímax. “Hombros bonitos, me encanta tu cuerpo”. Eurídice lo siente. Lo cree. Y cae con ella.

La Victoria quiere que Eurídice también sienta y se aproxima a olfatear el Monte de Venus, y al oír el primer fraseo y estrofa de Loca de Chico Trujillo, la Victoria se desespera y fustiga con los dedos los labios menores y mayores, mantos que recubren la cúspide hecha de cuatro mil terminaciones nerviosas que se encantan de manera indirecta. La Victoria intenta controlar las flamas. Bordea las orillas sinuosas con una seguridad inusitada, sin miedo a que Eurídice pida: “¡detente!”. Ninguna sabe los secretos que se ocultan en esa caldera. Necesitarán más tiempo libre para practicar.

Victoria contempla a Eurídice y tiembla porque merece su belleza, por qué merece su belleza. Y como en acto compulsivo de hambre la prueba, se la come, los fluidos del sexo se mezclan con saliva y se hacen una. Pero, Eurídice le pide que vuelva a su boca. Que la haga llegar con un beso. Prefiere prolongar la ansiedad, el deseo y sus ganas de volver a verla. Las piernas se enredan, los sexos chocan, se reconocen, se mueven, se cansan. Llueve.

Los brazos de Morfeo se llevan a la Victoria a un descanso profundo. “Des-pa-cito”. Eurídice practica la meditación contemplativa viendo la espalda de la Victoria. Su cabello largo cae sobre su espalda baja. Su pequeño cuerpo de eunuco queda impactado en la cama, sin moverse, enredado en las sábanas. No quiere que acaben esas ganas de ofrecerle ex votos y rogarle, a su Victoria, le conceda el milagro de volverla a adentrar en sus fantasías. Despacio o rápido o como ella quiera. De repetir esa imagen suya en otro tiempo presente. Aún espera volver a provocar la mirada huida, los labios entreabiertos, y una alargada espalda al cielo. Por ganas, por deseo o por amor.

Lo que es y lo que Eurídice se ha inventado sobre la Victoria lo contiene en el ojo derecho, en una caja de lucecitas neuronales, se encienden y se apagan, y no la dejan dormir desde hace más de una eternidad. La imagina. La sueña. La espera. La Victoria no habló de futuro y Eurídice cree que habrá uno. ¿Será posible que esto se repita? No hay muchas esperanzas. Vivir el tiempo presente es efímero y el futuro, peligroso. Victoria lo sabe, por eso se ha ido de esa y otras camas infinidad de veces. Su placer no se prolonga en una exclusiva. A pesar de ello, Eurídice se arrodilla a admirar la piel de ocre rojo de la Victoria.

 

Carta a Santiago de Chile

Gracias Santiago de Chile por tu acogida y tu rechazo. Por tus humores que subían y bajaban. Por tu sangre sabor a Carmenere-Merlot y Chardonnay. Por tu gente paranoide y amable. Gracias por dejarme recorrer tus calles de asfalto ardiente y sin peligro. Por hacerme entender que puedo estar conmigo. Gracias por ponerme hasta el cuate con tu terremoto, esa mezcla de vino blanco, helado de piña cremoso, granadina y fernet. Por curarme del reflujo, por relajarme los intestinos con tu comida simple. Gracias por no enamorarte de mí a la primera, por dejarme ir y soltarme en Valparaiso y congelarme en las aguas de la playa de Concón. Santiago de Chile volveré. Mejoraré la ruta y cargaré más dinero. Estar contigo me hizo generar estrategias para aguantarme.

 

Pensar en letra alta

I.

Lo único que me incomoda de viajar sola es que tengo que conversar con los apuntes de mi libreta, y comprobar que cuando alguien se va sufre tanto como quien se queda…

II.

¿Debería sugerirse a los meseros que no levanten las otras mesas ni apaguen la luz hasta que termine de cenar?

III.

Deseo que me extrañes y me sueñes como yo lo hago.